Sobre la lucha contrahegemonica: algunos comentarios

Toda relación entre el Estado, los partidos y las organizaciones sociales pone en juego, de forma simultánea, una diversidad de identidades y opciones políticas, y una asimetría entre sujetos con cuotas desiguales de poder, que beneficia a los poder dominantes. Para comprender esto, nada mejor que interactuar con actores concretos y constatar esta realidad en sus propias miradas. Y reconocer lo difícil que se le hace la lucha en esas condiciones a los movimientos contrahegemónicos.

Por si eso fuera poco persisten tradiciones de izquierda que esterilizan la acción colectiva autónoma. En América Latina buena parte de las fuerzas progresistas han apostado por “transformaciones estructurales”, pero han relegado la idea de la autonomía como elemento circunstancial -a enarbolar sólo desde la oposición y ante la derecha-, y con eso han eliminado el anticuerpo que necesita toda revolución. Cuando se cree que sólo una vanguardia puede “bajar líneas” no se construye emancipación, pues sólo se puede ser revolucionario cuando se transfiere el poder a la sociedad y no cuando se concentra y perpetúa en una camarilla. Y si, además, la apuesta se reduce a un liderazgo individual entonces el asunto empeora, porque las preferencias y patologías personales tienen alta probabilidad de convertirse en políticas de Estado.

Esos liderazgos progresistas, “mesiánicos e infalibles”, hacen mucho daño a los movimientos sociales, al fijarlos en una eterna infancia y dependencia, generando lo que un amigo llama el “síndrome del pesero”: NO MOLESTAR AL CONDUCTOR. Aunque podemos reconocer las deudas del neolibe­ralismo y las dificultades de hacer política en entornos de pobreza extrema, creo que la ausencia de una pedagogía política es una responsabilidad claramente imputable a los órganos de dirección y a la estructura de las organizaciones de izquierda. Cuando los sinceros reconocimientos de las bases al liderazgo máximo son amplificados por la propaganda, cuando las críticas a sus errores son censuradas, no se puede hablar de un “apoyo espontáneo del pueblo”, sino de una deliberada estrategia política de perpetuación.  La propaganda se convierte en un dique que bloquea el ascenso de nuevos liderazgos y refuerza el culto a la personalidad.

Porque sucede que la cultura política de América Latina, tanto de izquierda como de derecha, en las organizaciones de sociedad civil o en los partidos políticos, reproduce valores y prácticas perversas: un autoritarismo que impone desde el poder una agenda al resto de la sociedad, una mercanti­lización que representa a las personas motivadas por la maximización de los beneficios y un clientelismo que degrada a los ciudadanos, al anular espacios para el desarrollo de sus derechos, y tratarlos como una masa hambrienta de favores, incapaz de construir su realidad.

Frente a esa cultura política de la dominación, una nueva visión anticapitalista debe construir una cultura política de la emancipación, oponiendo al autoritarismo la autonomía -para que la gente defina sus normas y estructuras sin subordinarse a partidos, gobiernos o empresas-, combatiendo la mercanti­lización con la autogestión -gestando nuestros propios recursos para no depender de poderes ajenos- y desterrando el clientelismo mediante la solidaridad -con relaciones basadas en reciprocidad, simetría y apoyo mutuo-.

En las luchas por superar esos lastres de las izquierdas los jóvenes son una fuerza clave, pues integran buena parte de la población excluida y portadora de rebeldía, aunque también resultan víctimas de la enajenación producida por la sociedad de consumo. La condición juvenil puede convertirse en oportunidad o en barrera para la movilización ciudadana necesarias para frenar las indecencias de los poderes tradicionales. Si la mocedad se traduce en orfandad de la memoria, las juventudes pueden dar razón a Edmundo Desnoes, quien calificaba el subdesarrollo como la incapacidad de asociar ideas y acumular experiencias. O validar la sentencia del historiador Carlyle, que recuerda a los pueblos que olvidan su historia su condena a repetirla.

Sin embargo, la misma existencia de jóvenes con sueños libres de viejos dogmas y lealtades partidarias, puede abrir ventanas de esperanza en países como los nuestros, simultáneamente apasionados por sus legados y desencantados de sus desempeños. Faltan solo los “locos lindos” que lleven las reivindicaciones fuera de los formatos grises y perversos de la realpolitik y seduzcan a una población atravesada por las promesas -y frustraciones- del consumismo, el nihilismo y la rebeldía esterilizada. Ello es igualmente valido para la lucha social contra los gobiernos neo­liberales, para preservar la autonomía en relación a los gobiernos llamados progresistas, y para enfrentar las estrategias de represión, desmovilización y cooptación llevadas a cabo por partidos y Estados -de diversas tendencias ideológicas- en contra de la autonomía popular en los países de Nuestra América.

 Armando Chaguaceda

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